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2030-10-14 01:00 pm

Este mundo es...


 

Spanish / English Journal
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2017-04-10 05:58 pm

First Try

And not the last one...
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2013-05-23 11:27 am
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¿Debería... ?

No sé si ya es tiempo o no de tener una cuenta personal en tumblr. Más por la tentación de rebloguear y comentar cosas que no puedo hacer con los Ancestros XD. Me dan días en que no sé qué tan bueno sería; pensando en que dejo la puerta abierta tanto a la gente que conocí ahí o con la cual mejoré mi relación mediante el ask, como a la indeseable para que me rompa las bolas. Y si viene esa gente, la pasará geniaaal conmigo. Garantizado, jeje.

Con la semana de los tatas cerca me veo cada vez más y más tentada. Sobre todo porque quiero que la gente sea más vista y obtenga más reblogs. Es un cariñito al ego después de volver a la puta vida real; y creo que hay gracias a Dios muchos que se lo merecen. Sobre todo porque son buenos artistas, se dediquen a eso o no como profesión.

Me parece que hay que valorar más los laburos. Veo un cierto desapego en general, y una bulliciosa emoción por dos temáticas en específico. Habría que animarse a expander más los horizontes, porque estamos dejando mucha cosa de lado y eso al final va a hacer todo demasiado monótono. Es algo que me digo a mí misma, estoy tan metida en la cosa de los ancestros (¿Hay alguien más que lo esté haciendo y no me enteré? XD) que dejo el resto del trabajo para los demás.

Por eso esta duda, precisamente, de mostrar más cosas. No aspiro a nada, igual. Solamente tener la posibilidad de cagarme de risa de los otros fandoms de los que formo parte y compartir las otras actividades que tengo aparte de los tatas.

No sé, lo dejo a la conciencia colectiva (?).

¿Debería?
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2012-01-30 12:00 am
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2010-03-23 04:28 pm

Memoria - Por 34 años -

No quería abrir los ojos.

Sabía que era ese día.

El despertador pasó de ser uno de sus tangos favoritos a un eco insoportable en su cabeza; mezcla de grillos y chicharras con pájaros agonizantes, mientras un tun tun le hacía temblar los pies y las manos.

¿Por qué mierda, la re putísima madre, le pasaba siempre lo mismo?

Una de sus almohadas alcanzó al pobre aparatejo, haciéndolo caer en el suelo en un sonido seco.

Cuando recordó que era su celular y que era el que le había regalado su jefa de un viaje a Europa, saltó de la cama y se tiró literalmente al suelo para agarrarlo. Un fuerte golpe en la cabeza contra la mesa de luz lo hizo despertarse y darse cuenta de que su intento había sido en vano.

Sobándose la sien dentro de sus infinitas maldiciones, mientras tocaba la pantallita para ver si le respondía (el touchscreen le rompía un poco las bolas), se dio cuenta de que los primeros rayos de sol del otoño iluminaron las paredes. Se asomó a la ventana de su gran habitación en la Casa Rosada, mirando hacia La Rábida y detrás los lujosos edificios del Puerto Madero, uno de los lugares más caros de la ciudad. Contempló entonces las gigantes arboledas mecerse lentamente, como las hojas se desprendían una a una barridas por la inmensa cantidad de vehículos que entraban y salían de la gigantesca avenida Alem.

Haikén haikén, ikalún. Las hojas marchitas son ka de los árboles, neùrk hèmè llaman de nuevo a la primavera. 1

Esa frase, ese instante, era la única cosa que recordaba en el idioma del Ancestro que hasta no hacía mucho había reconocido y -medianamente- aceptado.

(Eso sí que era extraño, tener un Ancestro. Tratar de recordar aquella lengua originaria que se mezclaba con su español; una mezcla de congoja y repulsión lo contradecían al imaginarse hablarlo tan fácil como Manuel hablaba mapuche o Daniel guaraní. En el fondo, un fondo que solamente él sabía que existía, siempre los había envidiado. Ahora que sus últimos Jefes lo habían ayudado a recordar, todo era un gran dolor de cabeza, asco y amor entre palabras impronunciables… pero que tenían todo el sentido del mundo).

Qué ironía que volviera a recordar esa frase en un día así después de tantos cientos de años; cuando nuevamente unos pocos habían arrasado con otros muchos que se atrevieron a no estar de acuerdo – y la gran mayoría siquiera supo qué crimen había cometido para recibir semejante castigo.

La historia es un ciclo que se repite una, y otra, y otra vez.

De todos modos, le gustaba que fuese un día diferente. No hacía mucho había tomado esa desición; pero la había tomado al fin, y se las debía. A ellos.

El calendario marcó un 24 de marzo frío, nublado y muy húmedo. Esa mañana habían ingresado a su casa decenas de militares del Ejército Argentino; e interrumpiendo su desayuno habitual con la presidenta de ese entonces, Isabel de Perón, exigieron el mando del Poder Ejecutivo.

Aún con el dolor fresco de haber perdido a Juan Domingo, Martín no estaba muy lúcido como para saber que estaba pasando realmente en ese salón, a medio despertarse, en pijama y con el pan con dulce de leche en la mano; de hecho, pensaba que era una broma que desde hacía unos años estaba acostumbrado a ver entre colegas y “el viejo”, como Martín llamaba a Perón.

Pero no hubo risas, ni guiños, ni tuteos.

Aquello era un Golpe Militar.

La gresca entonces se volvió violenta. El rubio se puso de pie e intentó defender a Isabel, pero ella fue llevada sin resistencia al Salón Blanco, encerrándola con el jefe mayor de aquel plan. Él, por otro lado, noqueó a algunos cabos pero una decena más lo sostuvo de piernas y brazos, mientras los llenaba de insultos y exigía que lo dejaran libre.

Aquel grito desgarraría su garganta por años.

El tiempo se detuvo, o al menos dejó de tener sentido. No supo si fueron semanas, meses o años desde que había dejado de ver la luz del sol. Su propia sangre, sus propios hijos le habían hecho eso, lo encerraban, no le respondían, la re concha de la lora… ¿¡Qué carajo les pasaba!?

Cuando Martín se volvió insostenible como cautivo, las cosas se pusieron más turbias. Los lugares de encierro fueron cada vez más precarios, los traslados más frecuentes, de celda en celda, de cueva en cueva, de avión en avión, de camioneta en camioneta, calabozo en calabozo. Una vez incluso pudo sentir que estuvo entre las cloacas.

Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe, Jujuy, Mendoza, Chubut, Neuquén. Lo reubicaron una y otra vez pero no hubo caso, no podían convencerlo o al menos hacer que dejara de gritar e insultarlos. Ni siquiera las vendas en los ojos, las bolsas negras en la cabeza, los zapatos de cemento; el frío, la intemperie, dejarlo sin comer, sin dormir, desnudo… nada lo asustaba, nada lo amedrentaba. No le importaba. Quería saber que mierda estaba pasando.

La respuesta no se hizo esperar.

Entonces comenzaron las torturas.

Baldes de agua helada, hirviendo; latigazos, picanas, culatazos, golpes a puño limpio, garrotazos, cortadas, electrocución, tortura psicológica, violaciones y atrocidades físicas más allá de lo imaginable… todo eso, cada noche, veía en sus febriles delirios como miles de hijos e hijas suyos se desvanecían en la nada tras una vida de horror, tras todo el dolor que él mismo estaba pasando y que se acrecentaba a cada segundo que un alma más se extinguía y otras más pequeñas eran arrebatadas. El dolor de las madres que los buscaban incansablemente contra toda adversidad y tiempo, a pesar de que sabían que no estarían con vida… que solamente se consolaban con la idea de saber dónde estaban los cuerpos, o los nietos; y ni qué decir de aquellos que huían del país por miedo a morir.

Argentina sintió todo eso magnificado por los lamentos de miles durante sus años de encierro y torturas. Supo también que allá afuera sus primos, expuestos a situaciones similares, lo buscaban; la voz de Sebastián clamando por su paradero; de Miguel al que le impidieron llegar al igual que Manuel, quien cada noche permaneció sobre los helados picos de la Cordillera, buscando al argentino con su áspera voz.

Solamente tres años después regresó a la Casa Rosada totalmente desvariado, herido y aún enclaustrado bajo fuerte vigilancia militar.

Ni siquiera aquel ansiado mundial que le prepararon (y esa hermosa victoria con Dieguito) había podido desprenderlo de aquella locura, de todo lo que había visto en Campo de Mayo. Creyó que enloquecería, que jamás saldría adelante. Que aquella alegría en cuatro paredes era solamente un destello momentáneo que no borroba las caras de las jóvenes madres en cautiverio, desgarradas por el llanto y la sangre mientras les arrancaban de sus brazos a sus bebés.

No, no lo habían sacado de la cárcel. Seguía más hundido que nunca en el infierno.

Fue entonces cuando algo más copó su atención, algo que excedía la traición de sus propios hijos: Inglaterra quiso a las Islas Malvinas, y los pocos ánimos que quedaban se volcaron hacia eso, un enemigo externo. Un nuevo empuje de todos aquellos que no sufrieron la desaparición o el exilio, le dieron a Martín un último empujón para sentir algo similar a lo que alguna vez había sido esperanza dentro suyo.

Intento que falló horriblemente, y que sólo ocasiono más muertes.

Sin embargo, aquella derrota le había dejado en claro más que otro conflicto y lágrimas que derramar por sus hijos muertos. Por lo menos, por lo menos… hizo que aquella Dictadura no se sostuviera más, y que se derritiera como hielo al sol.

Finalmente. Finalmente.

Basta de cadenas, de vendas, de silencios, de miradas crueles, de amenazas. Basta de todo eso.

Nunca más.

Nunca más.

Un tango nuevamente inundó sus oídos; pero sonaba claro, fuerte y triste.

Martín abrió los ojos y volteó, dándose cuenta que estaba sonando a sus pies (bueno, al menos seguía funcionando). Al atenderlo, la imponente voz de su actual Jefa le decía que estaba todo listo para el desayuno oficial y que a partir de allí sería un largo día de discursos, conmemoraciones y programas especiales, por lo que debía estar preparado en media hora. No podía quejarse de aquella agenda; después de todo, había sido sugerencia suya que condicionaran esa fecha de ese modo.

Cortó la comunicación y nuevamente miró hacia afuera; la gente que caminaba tranquilamente, la masa de autos menor que las de un día laboral; el sol que doraba absolutamente toda la escena, el viento fresco entre su cabello.

El calendario marcaba el 24 de marzo de 2010, 34 años después.


Miró al cielo y aspiró profundamente. Esa si que era su Buenos Aires. Sus aires de libertad.

-Nunca más va a volverá pasar, se los prometo- dijo en voz alta hacia el horizonte, dándose ánimos.

Le esperaba un largo día.


1 ¡Mira mira, hijo! Las hojas marchitas son lágrimas de los árboles, así es como llaman de nuevo a la Primavera. N.a: es idioma tehuelche mezclado con querandí.